No tenía un gran tamaño; a la gente le suceden cosas, y éso son las historias.
Siempre había pensado que debía escribir una algo más, incluso con diferencia, realista que el resto: sin muertes, ni guerras, ni realidades alternativas. Una dosis de realidad poco hecha o, en todo caso, cruda, pues si sangra se construye sola.
Escribiría sobre los niños que juegan a ser soldados, con cubos y ollas en la cabeza, pero ya parecería contextuado y agobiante.
Escribiría sobre éso que no tenía gran tamaño. Era como la uña deforme de un pulgar.
Al tacto, sin apretar, no sobresalía; ni siquiera se notaba al estirar un poco la piel alrededor, o siquiera retraerla.
Con el diámetro de una avellana machacada por un vaso, se ocultaba muy por debajo de la vista.
Apretando con el índice y el corazón, sin embargo, se le podía seguir la pista bailoteando bajo la piel tersa del cuello como una salamandra atada por la cintura.
Quién sabía. Podría ser un nodo linfático inflamado o un pequeño bulto de grasa que vigilaba de reojo la clavícula. Desde éso a un tubérculo tumuroso y pútrido, incluso prolífero y fértil, como una puta.
Visitar al médico sería una idea.
Desde ahí, con unas pocas pastillas disolviendo su analgésica inmundicia en el estómago, apretar con el cute, bien ungido en alcohol, y levantar la piel alrededor sin atravesar el cuerpo bulboso; terminar de retirarla para, intentando evitar el desmayo por la pérdida de sangre y el impacto visual, observar en el espejo el bulto palpitante, gestándose en el cuello. Apretar entonces con los dedos pulgar e índice bajo él, formando una pinza para hacerlo visible y bañarlo en alcohol con el objetivo de que tanto el escozor terrible como la tensión de las articulaciones exorbitantemente contraídas disfrazasen el dolor del corte; justo ahí, cercenar con la punta del bisturí improvisado cada una de las conexiones nerviosas, adiposas y, en resumen, físicas que lo unían a la paranoia. Después vendría lo más fácil: Grapar la herida con cuidado de no atravesar ningún tejido inadecuado con ayuda de una gasa para agarrar con cuidado la piel y evitar algún músculo o lugar que impidiese que se sucediera la tranquilidad posterior.
Probablemente se infectase a pesar de regarlo con abundante alcohol cada hora y de sumir el corazón en un letargo antibiótico, y tuviese que terminar yendo al médico a contarle lo qué había hecho tres días atrás, aguantar el elevado reproche pseudoprofesional que terminaría por desubicarse de donde debía y acabar soportando sus alusiones a la moral o al sentido común con ésa ridícula expresión corporal. Y no iba a aguantarlo.
Ésa era la otra opción; además, no solucionaría nada si se trataba del vástago cancersoso del útero incansable del cáncer; era la solución cobarde, cortar de raíz para no oír malas noticias.
Así que iría al médico y sería sometido a cuantas pruebas fuesen necesarias hasta que le dictasen un resultado, una sentencia, a la enfermedad o a lo que fuese.
Con suerte habría sido detectado a tiempo y la medicación, la quimio y la radio terapia habrían acabad por disolverlo todo antes que las arcadas disolviesen la garganta tras cada contracción digestiva después de cada sesión.
Con más suerte, es decir, menos posible si se tenían en cuenta determinados asuntos fargo-kafkianos, no sería más que un puto bulto en el cuello, que sólo necesitaba ser olvidado para existir de verdad.
Ahora quedaba ésa sensación horrenda, la bilis masticada y los nervios puntiagudos. Si hablaba con alguien nada podría tranquilizar el pulso; tenía que esperar de todas formas.
Sólo resultaba algo en limpio de todo: debería haberlo olido ates y haber ido al médico. Siempre sucedía lo mismo; entonces, deseaba vivir en una de las historias inverosímiles que no quería escribir, con realidades alternativas y preventorios viajes en el tiempo de autoayuda, guerras donde ser el héroe y relatos donde un niño juega a ser soldado en una realidad despreocupada. Éso era lo más improcedente, ser un niño, dejar de preocuparse. Pero los niños no tienen bultos en el cuello, ni obsesiones dependientes, ni adicciones a Estocolmo.
Es así el pobre capullo, el idiota infeliz que se enamora como un niño arrugado, un joven viejo en el cuerpo de un crío, que se enamora del puto enfermo que lo secuestra.
Ahí, espera los resultados, escribiendo sobre angustia y sí mismo, reescribiendo cómo muere por ingenuo, por imbécil y por blando.
Ahí, como un idiota eludiendo sus verdaderas obligaciones autoimpuestas por otro. Ahí parado esperando cagarse encima y volver a intentarlo con la siguiente patada en los huevos. Quién iba a ser sino yo.
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