Llegaba casi a la campanilla, donde dormitaba un dolor punzante que suponía se trataba de una semilla fragmentada de un higo chumbo o como mucho, una espina de pescado clavada entre las muelas. Venía de unos días atrás, pero no le di la más mínima importancia.
Había mirado ahí. Era horrible. Una suntuosa muela ennegrecida se alzaba como una torre oscura. Purulenta y detestable. Sólo me habría faltado escupir pus.
Tenía la encía hinchada. La disparatada idea de enjuagarla con alcohol no se mantuvo más de cinco segundos rondándome la cabeza. No todo se soluciona con lo mismo.
Si me hubiese arrancado el nodo habría tenido que suplir la hipertermia de dos infecciones, que habrían terminado por sumir mi consciencia en una febril preocupación. Y odiaba tanto la medicación como perder la sensación de independencia y sustituirla por vulnerabilidad.
Una presa de todo. De la vida no, éso es estúpido. La vida no caza, es el coto de caza de los cazadores. Aquí soy una vaca. Y para qué marcharse.
Siento el vaivén de cada coche en el que me monto. Desde el vehículo del que salía, moviendo el culo de un lado a otro al que volvía a entrar para bajar de nuevo. Sucedía hasta en los que subía por voluntad. Nada era nada, que es lo que más importa. Cada día más cerca de la antesala del matadero. Revistas y pastillas en una mesa caoba, en mitad del linóleo ajedrezado.
Vagaba y me dejaba arrastrar sin remedio por las aguas de los acontecimientos, cayendo en remolinos, chocando contra rocas y despellejándome las rodillas con el fondo. Y uno no puede nadar cuando lleva puestos zancos, pezuñas. Y mientras chocaba, gemía y me estremecía con las corrientes, rumiaba mis pensamientos. Luego, para adentro, a otro coche.
<Está bien; al fin y al cabo, me llevan ellos a mí.> y a otro sitio, sin secar, sin consuelo, sin reconocer a nadie por el camino. Como un ternero rodeado de gente, como una secretaria en mitad de un rebaño. Y, de vez en cuando, vomitaba alguna memoria y venía el dolor del pecho, el estómago contrayéndose con violencia. Vomitar es detestable. Crees que te libras del parásito que se te agarra a las tripas. Si vomitas, es que estás enfermo. Vomitar más ya no va a ayudarte, pero no queda otra.
Ahí, en el delirio de los coches y el agua, las soledades baldías, en el sofá, en la cama, en el suelo, en la manta, no podía pensar en consecuencias. No podía valorar lo que sucedía si me arrancaba la muela, cómo lo hacía o si me volvería a decidir ir al dentista. Den-tista. Ridículo.
Así que tomaba decisiones inmediatas. Por ejemplo. Rompí por la mitad un dibujo que no sabía si era magnífico o una puta mierda. Lo rumiaba. Vomitaba gratitud. Me masturbaba con mi imagen pero no me corría. Me quedaba con los pantalones bajados y miraba el dibujo. Era una basura. O no. Sí, lo era, era un dibujo y yo una vaca marcada, y no me salvaba nadie. Llegaba a sentir que el dibujo tenía más importancia. Llegaría más lejos que yo por no serlo, y más aún si lo presentaba alguien distinto de mí.
Me creía capaz de entregarlo, <tómalo> y que lo presentase otro bajo su nombre. ¿Qué importa? Sé que es mío. Es un jodido dibujo. Por éso. La gente no juzga los dibujos, no son malas personas; son dibujos.
Lo rompí sin más. In facto. Son tomar una decisión, mi pulso saltó como un resorte. La hoja gimió y seseó como una víbora.
Me hacía, pensar eso, darle vueltas a lo mismo cada mañana. Me miraba en el espejo y veía un dibujo húmedo. Una hoja de papel zafia e inútil. Una hoja más llena de pus, vómito y rojeces febriles.
Apunté a la cabeza con un revólver. Siempre queda más encajado su tambor cromado y el garfio acerado de sus líneas. Siempre es más dramático. Convenciones. Qué cantidad de sandeces. El cáncer, el cáncer es un drama.
En el espejo arranqué el percutor como una sierra mecánica y, sin detenerme, me descerrajé un tiro en la sien. Lo que llaman ''tapa'' son las esquirlas y trozos de cráneo. Durante casi un segundo sentí el taladro plúmbico arremolinando los tejidos con un torno súbito y violento. Salió a escasas milésimas esparciendo una mezcla espesa de sangre y cerebro por toda la pared. Algo salpicó el espejo. Me sangraron los oídos. Estoy muerto. Ni me noté caer al suelo; estaba muerto antes de dejar caer la soga. Solo. Con los zapatos puestos. Solo. Es romántico escribir y estar solo y morir por ello. No, no lo es.
No hace falta que diga que nadie se ha volado la cabeza. En fin. La fiebre del glotón, del vago, del gordo.
Físicamente, estoy cansado, como un cabrón. Y me quejo del cansancio. Cambiaría mi garganta. Podría morir, pero quizás tuviese un mes de impavidez real hasta creer en Dios como por arte de magia antes de expirar.
Pues éso, la fiebre del cabrón cansado. Demasiado cabrón para tan poca fiebre.
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