martes, 14 de febrero de 2012

''Capítulo'' 4

Me vi en un parque. Podría haber buscado algo en primer lugar, pues aunque mi mujer hubiese descubierto algo en el ordenador relacionado con ésto, ya tenía demasiada poca importancia que lo supiese o no. Ya no había vínculo, y si hubiese lágrimas o abrazos, no serían nada. Serían fríos, estarían muertos; de todas formas y en cualquier caso, no iba a haberlos.

Me hice la maleta y metí un chándal para dormir, algo de ropa más formal y un traje. Una cuchilla, espuma y un despertador antiguo, de dos campanas. Lo peor fue cuando metí las latas de conservas; me sentía patético, inmaduro; finalmente desesperado y un cobarde. Mientras metía la ropa tampoco me sentía decidido, y no podía creer lo que estaba haciendo. Sólo pasa en la televisión.
Un tío de cincuenta y un años haciendo la maleta como un crío. Estaba sumamente cansado de todo, pero no lo suficiente; era la pasión juvenil, una papilla preciosista de película. Estaba allí haciendo la maleta en el cuarto de mi hijo. Era aún más deprimente, pero cobraba más sentido. ¿No te has tomado la leche? escupió el salón.
No, quema mucho, respondí a la voz maternal.
Agarré una mochila que estaba escondida en el armario de la habitación,demasiado grande para un crío de ocho años; se la había regalado un amigo suyo, obviamente, a elección de sus padres. Recuerdo que me sentó horriblemente mal. Mi hijo y yo intercambiamos miradas, él de decepción y yo de bufonesco escepticismo. Para él, una mueca comprensiva. Ninguno le encontró uso y la dejé en el armario. Luego, después de asegurarle que era la única vez que iba a hacerlo, que había que conformarse y contar con la intención -ya lo comprendería más adelante si hubiese tenido tiempo- fui a una juguetería y le compré un muñeco no demasiado caro pero sumamente publicitado. Habría triunfado, pues el mismo día, con el juguete entre sus manos, pudo verlo en la televisión. Se emocionó.

Abrí la maleta y la volqué sobre la cama, esparciendo la ropa y demás utillaje entre los dinosaurios que cubrían desde la colcha hasta la almohada.
Me sorprendí a mí mismo con la frialdad con la que abordé la habitación del crío.
La ventana estaba cerrada y la persiana hasta abajo; tenía diminutas aperturas por las que entraba una luz timidísima que se posaba allí bizantina y discreta. Hacía apreciar ligeramente el azul de la pared como un crepúsculo aún caliente.
El cuarto en penumbra, los juguetes, la cama abrigada; todo ello habría hecho polvo a cualquiera, pero parecí ignorarlo durante unos minutos y me puse a ordenar, resuelto, el equipaje. Estaba convencido de que era completamente pasajero, un brinco de determinación imbuido por las ganas de liberarme de la angustia, la agonía de emociones que no me dejaban respirar, que me estrechaban la garganta y, en resumen, la toma de una decisión. Hacía bastante tiempo que no me decidía a hacer nada por mí mismo. Fuera o no razonable, me proponía una alternativa que podría ser mejor (O no) que seguir en medio de una decepción constante. ¿Qué haces ahí arriba? Buscar una cosa. ¿Qué buscas? Una cosa, déjame a mí. Saqué la mochila roja del armario y ordené las cosas con cuidado en su interior. Lo más pequeño en el fondo, y la ropa, encima; todo ello en el apartado más grande de la maleta. Los demás los dejé vacíos.

Bajé a la entrada con cuidado de que no me viese con la mochila de mi hijo. La dejé detrás del paragüero, un barroco compendio de flores, pájaros y líneas nacaradas en relieve sobre un fondo metálico negro esmaltado aunados en un cubo alargado y alto. Un horror. Si aún podía despreciar algo, es que podía sentir. Sentir, por sentir, nunca fue nada propio ni tampoco un paso adelante; el paragüero lo compró mi ex mujer, y no le tenía un aprecio especial a su recuerdo. Amargo hasta devolver en todos los sentidos, infeliz y torturador.
Lo asemejaba a tirarse a una puta cara; la tía follaba bien, pero era lo más cerca que estábamos y los besos más cargados que intercambiamos nunca; éso desde luego, cargados de sadismo húmedo, caliente, y no de otra cosa. Whisky, whisky. Fueron los seis meses más patéticos de mi vida, pero jamás me engañó. No iba a perder el tiempo. De todas formas, no le agradezco su fidelidad.

¿Qué haces? Buscaba las llaves. ¿Para qué? Para nada, joder, quiero las llaves de casa. En fin. Quién iba a saber que era lo último que quería.
El día siguiente fue patético. Ésa misma noche, le di un beso en la mejilla a mi mujer. Cuando me levanté, más temprano que ella, para ducharme, bajé a mirar la maleta, a asegurarme de que estaba seguro de lo que hacía.
Tío, ¿Qué mierda te pasa? ¿Eres un puto crío? Y deshice la maleta. Tiré la ropa al suelo, rencoroso conmigo mismo, contradicho y confuso, y la maleta fue a parar detrás del sofá; le pegué una patada al paragüero y lo abollé. Mi mujer se despertó. ¿Qué ocurre? ¿Ya estás pegando golpes? Déjame en paz, coño.

miércoles, 8 de febrero de 2012

''Capítulo'' 3


<Deja de mirar el jarrón, imbécil> Y dejé de mirar el jarrón y las flores mustias. Ya me encontraba mejor y todo iba teniendo cada vez más forma. Las líneas se iban adecuando al lugar donde pertenecían y escuchaba mi propia voz en mi propio oído.
Desde que se me pasó lo de arrancarme el bulto con un cute por la cabeza, había tenido fiebre. Desde antes, de hecho. Desde lo del ilusorio higo chumbo.
Me habían pegado un pinchazo en la encía: Había sido como atravesar una placa de cartón podrido.
La aguja se clavaba poco a poco sin atravesar la piel, hasta que cedió y se hundió, como enhebrar una aguja.
Cuando lo atraviesas, tiras con placer del hilo. Con sumo placer.Pues sentí todo lo contrario a un placer de tales dimensiones. Empujó y empujó, hasta que la almohadilla purulenta dio de sí para dejar entrar, con un leve chasquido, la aguja con lo que llevase.

En fin, que me arrancaron la muela y me pincharon luego, una segunda vez. Llevé el algodón en la boca hasta casa. Me picaba la lengua y casi se me descolgaba la mandíbula por la anestesia. Seguía diciendo gilipolleces, debido, supongo, al calmante y a la fiebre, ése cóctel de la vida.
Si recuerdo algo del viaje de vuelta en el asiento del copiloto -al volante estaba mi mujer-, podría decirse que lo más lúcido era el horrible asco que me daba revolver con la lengua, con lo poco de la lengua que notaba, el pus caliente y la saliva.

Da igual. Ahora estaba en el sofá, sentado y con una manta por encima, cubriéndome el cuello y la espalda.
No tenía el termómetro en la boca como un idiota; la punta es de mercurio. No sé a quién cojones se le ocurrió la feliz idea de chupar mercurio. Porque creo, al menos, que es mercurio. Por si acaso lo dejaba descansar en mi axila.

Tenía un vaso humeante de leche con miel sobre la mesa. La miel podía olerse; se respiraba como virutas dulces de un panal; había una buena cantidad disuelta en el vaso. A mí nunca me salían bien esas mezclas, y se quedaba un poso sólido en el fondo tras haberla calentado. Mi mujer las hacía a la perfección. Por mucha que echase siempre exprimía néctar, dulce y ligero. Una pluma que se deslizaba por la garganta y se convertía en aire en el estómago. Y yo siempre los quería cargados. Ahora no. Ahora me daba igual. Los hacía de ésos que consiguen que te pique la garganta. Ahora me daba igual. No sé exactamente por qué, pero no me importaba. Sólo quería la leche con miel como fuese, sin sabor o con él, que humease sobre la mesa de ébano, vigilarla desde sofá de yute y contemplar su contorno dibujado sobre el ventanal, a contraluz, reinando sobre el valle y el aliento de la ciudad. Vi pasar a mi mujer por delante de la cristalera,  me sacó la lengua por la comisura de los labios y le devolví un mohín cariñoso. Desapareció por la izquierda y ni le seguí el rastro. Es la misma de siempre, y nunca me gustó su forma de ser, ni sus problemas.

Ya no estaba enamorado, pero siempre es previsible. Cuando es una situación estable, la gente se conforma con lo que se ve venir, pero a mí me es imposible hacerlo. Los besos saben a liturgia y a camaradería; están secos y son planos. Ella también era plana, completamente plana, y tenía las mismas tonterías encima. Seguía siendo igual de egoísta pero su cariño estaba seco. Era escuchar a los pájaros piar con gusto hasta que no te dejan dormir. Se vuelve monótono y mecánico, absurdo.
Sospecho que me engañaba, y lo sospechaba entonces, está claro. En lugar de joderla y saberlo todo, decidí que no podía seguir allí, ése mismo día de la leche con miel. No esperé a que las cosas fueran mejor, porque nada iba a mejorar de verdad; seguiría siendo la misma mierda con un ambientador distinto que no tardaría en acabarse.


''Capítulo'' 2

Finalmente, era una nimiedad. Las pruebas habían sentenciado que se trataba de un nodo linfático inflamado. Si  se inflamaba, significaba que había una infección, que había descubierto, tras un arrebato hipocondríaco, se hallaba en la boca.  En ése momento, el de oír la noticia, comencé a indagar en lugares que pudiesen albergar algo.
Llegaba casi  a la campanilla, donde dormitaba un dolor punzante que suponía se trataba de una semilla fragmentada de un higo chumbo o como mucho, una espina de pescado clavada entre las muelas. Venía de unos días atrás, pero no le di la más mínima importancia.
Había mirado ahí. Era horrible. Una suntuosa muela ennegrecida se alzaba como una torre oscura. Purulenta y detestable. Sólo me habría faltado escupir pus.
Tenía la encía hinchada. La disparatada idea de enjuagarla con alcohol no se mantuvo más de cinco segundos rondándome la cabeza. No todo se soluciona con lo mismo.

Si me hubiese arrancado el nodo habría tenido que suplir la hipertermia de dos infecciones, que habrían terminado por sumir mi consciencia en una febril preocupación. Y odiaba tanto la medicación como perder la sensación de independencia y sustituirla por vulnerabilidad.

Una presa de todo. De la vida no, éso es estúpido. La vida no caza, es el coto de caza de los cazadores. Aquí soy una vaca. Y para qué marcharse.
Siento el vaivén de cada coche en el que me monto. Desde el vehículo del que salía, moviendo el culo de un lado a otro al que volvía  a entrar para bajar de nuevo. Sucedía hasta en los que subía por voluntad. Nada era nada, que es lo que más importa. Cada día más cerca de la antesala del matadero. Revistas y pastillas en una mesa caoba, en mitad del linóleo ajedrezado.
Vagaba y me dejaba arrastrar sin remedio por las aguas de los acontecimientos, cayendo en remolinos, chocando contra rocas y despellejándome las rodillas con el fondo. Y uno no puede nadar cuando lleva puestos zancos, pezuñas. Y mientras chocaba, gemía y me estremecía con las corrientes, rumiaba mis pensamientos. Luego, para adentro, a otro coche.
<Está bien; al fin y al cabo, me llevan ellos a mí.> y a otro sitio, sin secar, sin consuelo, sin reconocer a nadie por el camino. Como un ternero rodeado de gente, como una secretaria en mitad de un rebaño. Y, de vez en cuando, vomitaba alguna memoria y venía el dolor del pecho, el estómago contrayéndose con violencia. Vomitar es detestable. Crees que te libras del parásito que se te agarra a las tripas. Si vomitas, es que estás enfermo. Vomitar más ya no va  a ayudarte, pero no queda otra.

Ahí, en el delirio de los coches y el agua, las soledades baldías, en el sofá, en la cama, en el suelo, en la manta, no podía pensar en consecuencias. No podía valorar lo que sucedía si me arrancaba la muela, cómo lo hacía o si me volvería a decidir ir al dentista. Den-tista. Ridículo.

Así que tomaba decisiones inmediatas. Por ejemplo. Rompí por la mitad un dibujo que no sabía si era magnífico o una puta mierda. Lo rumiaba. Vomitaba gratitud. Me masturbaba con mi imagen pero no me corría. Me quedaba con los pantalones bajados y miraba el dibujo. Era una basura. O no. Sí, lo era, era un dibujo y yo una vaca marcada, y no me salvaba nadie. Llegaba a sentir que el dibujo tenía más importancia. Llegaría más lejos que yo por no serlo, y más aún si lo presentaba alguien distinto de mí.
Me creía capaz de entregarlo, <tómalo> y que lo presentase otro bajo su nombre. ¿Qué importa? Sé que es mío. Es un jodido dibujo. Por éso. La gente no juzga los dibujos, no son malas personas; son dibujos.

Lo rompí sin más. In facto. Son tomar una decisión, mi pulso saltó como un resorte. La hoja gimió y seseó como una víbora.
Quizás fuese así como lo haría, pues no lo rompí. Ni lo miré tras masturbarme. Era la única ventana. Estaba guardado, pues le tenía aprecio por éso, por ser mejor que yo.

Me hacía, pensar eso, darle vueltas a lo mismo cada mañana. Me miraba en el espejo y veía un dibujo húmedo. Una hoja de papel zafia e inútil. Una hoja más llena de pus, vómito y rojeces febriles.

Apunté a la cabeza con un revólver. Siempre queda más encajado su tambor cromado y el garfio acerado de sus líneas. Siempre es más dramático. Convenciones. Qué cantidad de sandeces. El cáncer, el cáncer es un drama.
En el espejo arranqué el percutor como una sierra mecánica y, sin detenerme, me descerrajé un tiro en la sien. Lo que llaman ''tapa'' son las esquirlas y trozos de cráneo. Durante casi un segundo sentí el taladro plúmbico arremolinando los tejidos con un torno súbito y violento. Salió a escasas milésimas esparciendo una mezcla espesa de sangre y cerebro por toda la pared. Algo salpicó el espejo. Me sangraron los oídos. Estoy muerto. Ni me noté caer al suelo; estaba muerto antes de dejar caer la soga. Solo. Con los zapatos puestos. Solo. Es romántico escribir y estar solo y morir por ello. No, no lo es.

No hace falta que diga que nadie se ha volado la cabeza. En fin. La fiebre del glotón, del vago, del gordo.
Físicamente, estoy cansado, como un cabrón. Y me quejo del cansancio. Cambiaría mi garganta. Podría morir, pero quizás tuviese un mes de impavidez real hasta creer en Dios como por arte de magia antes de expirar.
Pues éso, la fiebre del cabrón cansado. Demasiado cabrón para tan poca fiebre.

''Capítulo'' 1

Podría pensar que no era nada; ni erraría ni tendría razón. De ello dependía la realidad que, realmente, estaba ignorando.

No tenía un gran tamaño; a la gente le suceden cosas, y éso son las historias.
Siempre había pensado que debía escribir una algo más, incluso con diferencia, realista que el resto: sin muertes, ni guerras, ni realidades alternativas. Una dosis de realidad poco hecha o, en todo caso, cruda, pues si sangra se construye sola.
Escribiría sobre los niños que juegan a ser soldados, con cubos y ollas en la cabeza, pero ya parecería contextuado y agobiante.
Escribiría sobre éso que no tenía gran tamaño. Era como la uña deforme de un pulgar.
Al tacto, sin apretar, no sobresalía; ni siquiera se notaba al estirar un poco la piel alrededor, o siquiera retraerla.
Con el diámetro de una avellana machacada por un vaso, se ocultaba muy por debajo de la vista.
Apretando con el índice y el corazón, sin embargo, se le podía seguir la pista bailoteando bajo la piel tersa del cuello como una salamandra atada por la cintura.

Quién sabía. Podría ser un nodo linfático inflamado o un pequeño bulto de grasa que vigilaba de reojo la clavícula. Desde éso a un tubérculo tumuroso y pútrido, incluso prolífero y fértil, como una puta.

Visitar al médico sería una idea.
Otra sería dibujar con un rotulador rojo, grueso, tal cual en la televisión, una circunferencia que rodease al inquilino, sobre las gotas de sudor frío que resbalarían desde la nuez hasta el esternón.
Desde ahí, con unas pocas pastillas disolviendo su analgésica inmundicia en el estómago, apretar con el cute, bien ungido en alcohol, y levantar la piel alrededor sin atravesar el cuerpo bulboso; terminar de retirarla para, intentando evitar el desmayo por la pérdida de sangre y el impacto visual, observar en el espejo el bulto palpitante, gestándose en el cuello. Apretar entonces con los dedos pulgar e índice bajo él, formando una pinza para hacerlo visible y bañarlo en alcohol con el objetivo de que tanto el escozor terrible como la tensión de las articulaciones exorbitantemente contraídas disfrazasen el dolor del corte; justo ahí, cercenar con la punta del bisturí improvisado cada una de las conexiones nerviosas, adiposas y, en resumen, físicas que lo unían a la paranoia. Después vendría lo más fácil: Grapar la herida con cuidado de no atravesar ningún tejido inadecuado con ayuda de una gasa para agarrar con cuidado la piel y evitar algún músculo o lugar que impidiese que se sucediera la tranquilidad posterior.

Probablemente se infectase a pesar de regarlo con abundante alcohol cada hora y de sumir el corazón en un letargo antibiótico, y tuviese que terminar yendo al médico a contarle lo qué había hecho tres días atrás, aguantar el elevado reproche pseudoprofesional que terminaría por desubicarse de donde debía y acabar soportando sus alusiones a la moral o al  sentido común con ésa ridícula expresión corporal. Y no iba a aguantarlo.

Ésa era la otra opción; además, no solucionaría nada si se trataba del vástago cancersoso del útero incansable del cáncer; era la solución cobarde, cortar de raíz para no oír malas noticias.
Así que iría al médico y sería sometido a cuantas pruebas fuesen necesarias hasta que le dictasen un resultado, una sentencia, a la enfermedad o a lo que fuese.

Con suerte habría sido detectado a tiempo y la medicación, la quimio y la radio terapia habrían acabad por disolverlo todo antes que las arcadas disolviesen la garganta tras cada contracción digestiva después de cada sesión.

Con más suerte, es decir, menos posible si se tenían en cuenta determinados asuntos fargo-kafkianos, no sería más que un puto bulto en el cuello, que sólo necesitaba ser olvidado para existir de verdad.
Ahora quedaba ésa sensación horrenda, la bilis masticada y los nervios puntiagudos. Si hablaba con alguien nada podría tranquilizar el pulso; tenía que esperar de todas formas.

Sólo resultaba algo en limpio de todo: debería haberlo olido ates y haber ido al médico. Siempre sucedía lo mismo; entonces, deseaba vivir en una de las historias inverosímiles que no quería escribir, con realidades alternativas y preventorios viajes en el tiempo de autoayuda, guerras donde ser el héroe y relatos donde un niño juega a ser  soldado en una realidad despreocupada. Éso era lo más improcedente, ser un niño, dejar de preocuparse. Pero los niños no tienen bultos en el cuello, ni obsesiones dependientes, ni adicciones a Estocolmo.

Es así el pobre capullo, el idiota infeliz que se enamora como un niño arrugado, un joven viejo en el cuerpo de un crío, que se enamora del puto enfermo que lo secuestra.
Ahí, espera los resultados, escribiendo sobre angustia y sí mismo, reescribiendo cómo muere por ingenuo, por imbécil y por blando.
Ahí, como un idiota eludiendo sus verdaderas obligaciones autoimpuestas por otro. Ahí parado esperando cagarse encima y volver a intentarlo con la siguiente patada en los huevos. Quién iba a ser sino yo.