Mi mujer ha muerto. Es decir, nos hemos divorciado. Tengo la cara de un santo en un cuadro de Caravaggio, porque cogió la de un vagabundo, y ella aparece ahogada en el Tíber en otro del mismo autor. Desde hace dos meses, echo más en falta que nunca a mi hijo, porque él era como yo, era un cachorro, no tenía mis ojos, pues eran más grandes, sobresalían como, qué decir, los besos en las mejillas de un viejo, de un Yo más viejo, pero más niño que yo, que no soy yo. Bese la seda, bese a Dios o al Diablo, que lo bese yo con mi recuerdo porque parece que me dice que me muera, que muera, que me lance de un puente; estoy borracho, puedo hacerlo, pero no lo haré, he nacido para sufrir, he nacido para ser escritor imberbe, he nacido para ser un Caravaggio, para huir un día por asesinato y para utilizar cadáveres hinchados del río como musas danzarinas, como demonios flojos y esqueléticos que creen que su pecado me es diferente. Siempre querré al chico, ¿no? Sí, siempre. Una vez le pegué en el culo, pero me quiere si puede quererme, encuentre o no al Padre -insinúo, ni por cojones lo tengo en cuenta- o no pueda encontrarlo, y es lo que me queda. ¿Qué hago ahora? Pasaré tres días borracho, y si no me he muerto vomitando, atropellado, despedazado por unos enanos de circo, estaré aquí otra vez. Hola, fondo, te veo con cantos rodados y eres hermoso para un ignorante, quiero desgarrarme contra la redondez de tu piedra, partirme el cráneo contra tu honda mente, escuchar mis huesos estallar y mis ojos desencajarse como el repiqueteo crujiente de las tabas de una Rémington negra, en la que Rémington centellee en blanco vivo. Hasta de mí se ha enamorado una puta que duda de lo que siente, nunca ha amado. Me da lástima, y pienso en el chico cuando lo hacemos, es decir, veo a lo que he llegado sin él, lo negro y lo verde podrido, cómo las paredes se degradan y se convierten en un útero que me gesta y conjura, que me expulsará muerto o a punto de morir. Cuando pienso en el chico mientras follamos y ella disfruta de verdad, lo hace con los ojos cerrados, de verdad, le doy más fuerte, y luego un poco más; luego paro, la agarro de atrás y me hago dueño de ella, le doy aún con mas ganas y, luego, olvido a la puta y me corro, fin.
Y me siento vivo, que es lo realmente horrendo y patético, lo hediondo de mí, lo hediondo del mundo, que el placer sin placer me dice que si me pone, aún siento, como aquella vez que desprecié. Es una oportunidad, ¿entiendes? Pero ella me admira, sólo escucha y se deja llevar por una filosofía pegajosa y única, excepcionalmente triste. Es una oportunidad para seguir viviendo, para castigarme, no para, en cualquier caso, salir de aquí. Sin uñas con las que escalar el pozo, sólo me queda hundir más la cabeza en el fango con cada foto, cada recuerdo. El sello era mi mujer, que Dios se apiade de ella y su alma, de sus huesos, qué Dios, ni qué alma. Vivo, cómo decirlo sin preámbulo, prefacio... deambulando. Realmente no vivo en nignuna parte, que es como vive mi hijo, en todas partes. Todas las casas son un refugio, tranquilizan el alma, que convierto en torturada, de mi hijo. Una casa vieja, dormimos juntos, me despierto solo y nada más; despierto como duermo solo, nada más.... Ahí va la prostituta, ahí va ella sin nombre, ahí va ella sin corazón, ahí va la niña, que casi llama al timbre, casi, casi, ya.