miércoles, 8 de febrero de 2012

''Capítulo'' 3


<Deja de mirar el jarrón, imbécil> Y dejé de mirar el jarrón y las flores mustias. Ya me encontraba mejor y todo iba teniendo cada vez más forma. Las líneas se iban adecuando al lugar donde pertenecían y escuchaba mi propia voz en mi propio oído.
Desde que se me pasó lo de arrancarme el bulto con un cute por la cabeza, había tenido fiebre. Desde antes, de hecho. Desde lo del ilusorio higo chumbo.
Me habían pegado un pinchazo en la encía: Había sido como atravesar una placa de cartón podrido.
La aguja se clavaba poco a poco sin atravesar la piel, hasta que cedió y se hundió, como enhebrar una aguja.
Cuando lo atraviesas, tiras con placer del hilo. Con sumo placer.Pues sentí todo lo contrario a un placer de tales dimensiones. Empujó y empujó, hasta que la almohadilla purulenta dio de sí para dejar entrar, con un leve chasquido, la aguja con lo que llevase.

En fin, que me arrancaron la muela y me pincharon luego, una segunda vez. Llevé el algodón en la boca hasta casa. Me picaba la lengua y casi se me descolgaba la mandíbula por la anestesia. Seguía diciendo gilipolleces, debido, supongo, al calmante y a la fiebre, ése cóctel de la vida.
Si recuerdo algo del viaje de vuelta en el asiento del copiloto -al volante estaba mi mujer-, podría decirse que lo más lúcido era el horrible asco que me daba revolver con la lengua, con lo poco de la lengua que notaba, el pus caliente y la saliva.

Da igual. Ahora estaba en el sofá, sentado y con una manta por encima, cubriéndome el cuello y la espalda.
No tenía el termómetro en la boca como un idiota; la punta es de mercurio. No sé a quién cojones se le ocurrió la feliz idea de chupar mercurio. Porque creo, al menos, que es mercurio. Por si acaso lo dejaba descansar en mi axila.

Tenía un vaso humeante de leche con miel sobre la mesa. La miel podía olerse; se respiraba como virutas dulces de un panal; había una buena cantidad disuelta en el vaso. A mí nunca me salían bien esas mezclas, y se quedaba un poso sólido en el fondo tras haberla calentado. Mi mujer las hacía a la perfección. Por mucha que echase siempre exprimía néctar, dulce y ligero. Una pluma que se deslizaba por la garganta y se convertía en aire en el estómago. Y yo siempre los quería cargados. Ahora no. Ahora me daba igual. Los hacía de ésos que consiguen que te pique la garganta. Ahora me daba igual. No sé exactamente por qué, pero no me importaba. Sólo quería la leche con miel como fuese, sin sabor o con él, que humease sobre la mesa de ébano, vigilarla desde sofá de yute y contemplar su contorno dibujado sobre el ventanal, a contraluz, reinando sobre el valle y el aliento de la ciudad. Vi pasar a mi mujer por delante de la cristalera,  me sacó la lengua por la comisura de los labios y le devolví un mohín cariñoso. Desapareció por la izquierda y ni le seguí el rastro. Es la misma de siempre, y nunca me gustó su forma de ser, ni sus problemas.

Ya no estaba enamorado, pero siempre es previsible. Cuando es una situación estable, la gente se conforma con lo que se ve venir, pero a mí me es imposible hacerlo. Los besos saben a liturgia y a camaradería; están secos y son planos. Ella también era plana, completamente plana, y tenía las mismas tonterías encima. Seguía siendo igual de egoísta pero su cariño estaba seco. Era escuchar a los pájaros piar con gusto hasta que no te dejan dormir. Se vuelve monótono y mecánico, absurdo.
Sospecho que me engañaba, y lo sospechaba entonces, está claro. En lugar de joderla y saberlo todo, decidí que no podía seguir allí, ése mismo día de la leche con miel. No esperé a que las cosas fueran mejor, porque nada iba a mejorar de verdad; seguiría siendo la misma mierda con un ambientador distinto que no tardaría en acabarse.


No hay comentarios:

Publicar un comentario