Me vi en un parque. Podría haber buscado algo en primer lugar, pues aunque mi mujer hubiese descubierto algo en el ordenador relacionado con ésto, ya tenía demasiada poca importancia que lo supiese o no. Ya no había vínculo, y si hubiese lágrimas o abrazos, no serían nada. Serían fríos, estarían muertos; de todas formas y en cualquier caso, no iba a haberlos.
Me hice la maleta y metí un chándal para dormir, algo de ropa más formal y un traje. Una cuchilla, espuma y un despertador antiguo, de dos campanas. Lo peor fue cuando metí las latas de conservas; me sentía patético, inmaduro; finalmente desesperado y un cobarde. Mientras metía la ropa tampoco me sentía decidido, y no podía creer lo que estaba haciendo. Sólo pasa en la televisión.
Un tío de cincuenta y un años haciendo la maleta como un crío. Estaba sumamente cansado de todo, pero no lo suficiente; era la pasión juvenil, una papilla preciosista de película. Estaba allí haciendo la maleta en el cuarto de mi hijo. Era aún más deprimente, pero cobraba más sentido. ¿No te has tomado la leche? escupió el salón.
No, quema mucho, respondí a la voz maternal.
Agarré una mochila que estaba escondida en el armario de la habitación,demasiado grande para un crío de ocho años; se la había regalado un amigo suyo, obviamente, a elección de sus padres. Recuerdo que me sentó horriblemente mal. Mi hijo y yo intercambiamos miradas, él de decepción y yo de bufonesco escepticismo. Para él, una mueca comprensiva. Ninguno le encontró uso y la dejé en el armario. Luego, después de asegurarle que era la única vez que iba a hacerlo, que había que conformarse y contar con la intención -ya lo comprendería más adelante si hubiese tenido tiempo- fui a una juguetería y le compré un muñeco no demasiado caro pero sumamente publicitado. Habría triunfado, pues el mismo día, con el juguete entre sus manos, pudo verlo en la televisión. Se emocionó.
Abrí la maleta y la volqué sobre la cama, esparciendo la ropa y demás utillaje entre los dinosaurios que cubrían desde la colcha hasta la almohada.
Me sorprendí a mí mismo con la frialdad con la que abordé la habitación del crío.
La ventana estaba cerrada y la persiana hasta abajo; tenía diminutas aperturas por las que entraba una luz timidísima que se posaba allí bizantina y discreta. Hacía apreciar ligeramente el azul de la pared como un crepúsculo aún caliente.
El cuarto en penumbra, los juguetes, la cama abrigada; todo ello habría hecho polvo a cualquiera, pero parecí ignorarlo durante unos minutos y me puse a ordenar, resuelto, el equipaje. Estaba convencido de que era completamente pasajero, un brinco de determinación imbuido por las ganas de liberarme de la angustia, la agonía de emociones que no me dejaban respirar, que me estrechaban la garganta y, en resumen, la toma de una decisión. Hacía bastante tiempo que no me decidía a hacer nada por mí mismo. Fuera o no razonable, me proponía una alternativa que podría ser mejor (O no) que seguir en medio de una decepción constante. ¿Qué haces ahí arriba? Buscar una cosa. ¿Qué buscas? Una cosa, déjame a mí. Saqué la mochila roja del armario y ordené las cosas con cuidado en su interior. Lo más pequeño en el fondo, y la ropa, encima; todo ello en el apartado más grande de la maleta. Los demás los dejé vacíos.
Bajé a la entrada con cuidado de que no me viese con la mochila de mi hijo. La dejé detrás del paragüero, un barroco compendio de flores, pájaros y líneas nacaradas en relieve sobre un fondo metálico negro esmaltado aunados en un cubo alargado y alto. Un horror. Si aún podía despreciar algo, es que podía sentir. Sentir, por sentir, nunca fue nada propio ni tampoco un paso adelante; el paragüero lo compró mi ex mujer, y no le tenía un aprecio especial a su recuerdo. Amargo hasta devolver en todos los sentidos, infeliz y torturador.
Lo asemejaba a tirarse a una puta cara; la tía follaba bien, pero era lo más cerca que estábamos y los besos más cargados que intercambiamos nunca; éso desde luego, cargados de sadismo húmedo, caliente, y no de otra cosa. Whisky, whisky. Fueron los seis meses más patéticos de mi vida, pero jamás me engañó. No iba a perder el tiempo. De todas formas, no le agradezco su fidelidad.
¿Qué haces? Buscaba las llaves. ¿Para qué? Para nada, joder, quiero las llaves de casa. En fin. Quién iba a saber que era lo último que quería.
El día siguiente fue patético. Ésa misma noche, le di un beso en la mejilla a mi mujer. Cuando me levanté, más temprano que ella, para ducharme, bajé a mirar la maleta, a asegurarme de que estaba seguro de lo que hacía.
Tío, ¿Qué mierda te pasa? ¿Eres un puto crío? Y deshice la maleta. Tiré la ropa al suelo, rencoroso conmigo mismo, contradicho y confuso, y la maleta fue a parar detrás del sofá; le pegué una patada al paragüero y lo abollé. Mi mujer se despertó. ¿Qué ocurre? ¿Ya estás pegando golpes? Déjame en paz, coño.
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